Había una vez un chico llamado Bartolo que se fue con su mujer Adela al Sahara. Bartolo y Adela eran bajitos y tenían unas narices enormes. Recién casados, se fueron al Sahara de luna de miel, pero olvidaron contratar guía y reservar hotel. Cuando se iban a embarcar les robaron las maletas con toda la ropa menos unos rascadores de espalda y una toalla de colores.
Un loco que iba con ellos en el avión paró los motores cortando los cables y tuvieron que hacer un aterrizaje forzoso. Se quedaron en una especie de oasis, un lago con arboles cerca, donde iban los elefantes a ducharse y beber agua. Por suerte no les habían robado la bolsa con la comida, una manta, las cerillas y algunas otras cosas útiles. De comida tenían: 5 plátanos, 8 huevos duros, 3 peras, 4 manzanas y 12 huevos sin hacer, además de 3 termos con zumo de: naranja en el primero, de manzana en el segundo y de melocotón en el ultimo. Para cenar compartieron una manzana y un huevo duro, se taparon con la manta y se durmieron. Al día siguiente mientras Adela buceaba en el lago vio algo dorado y se acercó, lo intentó sacar, pero le faltaba aire de estar dentro del agua. Salió del lago, se comió una manzana, bebió un poco de zumo de naranja, reposó una hora y se volvió a meter al agua. Se llevó una rama larga y resistente para hacer palanca y sacó una bañera dorada, aunque le costó sacarla del agua lo consiguió. Mientras, Bartolo había estado mirando como dormía un elefante y tuvo una idea. Le pidió a Adela que le ayudase a subir la bañera al lomo del elefante. Cuando se hubieron metido en la bañera con los rascadores de espalda y la toalla despertaron al elefante, que en vez de echarse agua a él mismo les duchó.
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